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TRES PREGUNTAS . . .

(Entrevista Realizada por Emilio Ichikawa a Jorge Sanguinetty)

PRIMERA PREGUNTA.

Para ir más allá de lo económico en la determinación del estado de una
sociedad, se han diseñado varias categorías, bastante equívocas, a veces. El
novelista Gabriel García Márquez, por ejemplo, habló una vez de "felicidad
doméstica", y con frecuencia escuchamos otras como "calidad de vida", "modo
de vida", etc. Hablando del "interés nacional" Ud. hizo referencia al concepto de
"bienestar colectivo", que implica a otros como "interés privado", "felicidad", "satisfacción", "logro", "éxito". Resumiendo, ¿qué criterio escogería Ud. para diagnosticar con alguna credibilidad sobre la situación de un país: "éste va bien", "éste va mal"?

RESPUESTA.

Del mismo modo que la belleza de una escultura hay que evaluarla desde diversos ángulos, los cambios en la situación de un país requieren diversos enfoques y métodos de observación y medida. Uno de ellos es la comparación de niveles de consumo material de la población entre distintos períodos. Si observamos a un solo individuo, para hacer esta explicación más fácil, podemos comparar lo que él o ella consumen en un período dado, digamos un año y el siguiente y observar las diferencias. El caso más sencillo de evaluar es cuando el consumo de un año es monotónicamente mayor que el del otro, o sea, cuando artículo por artículo vemos que el individuo consumió más de cada cosa en un período con relación a otro. En este caso se puede afirmar que su consumo aumentó y desde este punto de vista el individuo mejoró su bienestar o su nivel de vida. La comparación se complica cuando el consumo de unas cosas aumenta y la de otras disminuye entre los dos períodos, pero hay técnicas para medir esas diferencias y están basadas en índices estadísticos. Por supuesto, el consumo no lo es todo en la felicidad del individuo pero es una medida económica importante. Aparte de los factores individuales y familiares (o sea privados) que componen su bienestar o felicidad, hay otros de tipo social como puede ser el sentido de seguridad personal por transitar en las calles de su ciudad o en los caminos del campo, el nivel de salubridad ambiental, la calidad del aire, las libertades de que disfruta, las garantías contractuales, los derechos de propiedad, la buena administración de la justicia, la estabilidad monetaria, la confianza en las instituciones y organizaciones públicas y privadas, etc. O sea, la felicidad del individuo está compuesta de los bienes (y servicios) privados que consume y de los bienes y servicios públicos que disfruta. Aunque también se pueden construir índices para comparar y medir los cambios en el bienestar total del individuo, los elementos subjetivos en la felicidad del individuo no van a poder medirse adecuadamente, por ejemplo, aunque haya aumentado su consumo personal, tenga una buena casa, un automóvil y una serie de lujos, pero por otra parte sufre de congestión urbana, impureza en el aire y no le gusta la política del gobierno, el método final más confiable de determinar si ha mejorado o empeorado entre dos períodos es su propia expresión libre sobre la evolución de su bienestar. O sea, el individuo necesita libertad de expresión para que se pueda determinar si está mejor, peor o igual. El es el juez más confiable de su bienestar. Nadie puede determinar si su bienestar mejoró o empeoró, si no él. El que crea que otra persona puede juzgar el bienestar del individuo mejor que él mismo está albergando un sentimiento o actitud que conduce al autoritarismo o al totalitarismo. Por lo tanto, la libertad (o las diversas formas de libertad) no es un simple ideal, es un derecho con fines eminentemente prácticos.

El problema se complica aún más cuando en lugar de hablar del bienestar de un individuo aislado hablamos del bienestar de una sociedad en su conjunto. Aquí se puede aplicar de nuevo el método de medir el consumo de cada cual y ver separadamente la disponibilidad de los bienes y servicios públicos. Si se puede determinar mediante estadísticas que todos los individuos mejoraron monotónicamente en su consumo de un período a otro, o sea de que todos mejoraron en algo, es fácil decir que hubo una mejoría en el componente consumo privado del bienestar colectivo, pero si aparte del consumo privado hubo algún deterioro en la disponibilidad de bienes públicos, seguimos dependiendo de la libertad de expresión de todos para determinar o aproximar una medida del cambio de bienestar. Pero si entre los dos períodos que se comparan unos individuos mejoraron mientras otros empeoraron en el aspecto de consumo material (bienes y servicios privados) entonces tenemos una situación donde puede ser imposible una determinación universalmente incontrovertible de cambio del bienestar colectivo. Aquí se hace más importante todavía que existan libertades de expresión de pensamiento y otras libertades para determinar o por lo menos aproximar una medida gruesa de hacia dónde está marchando el bienestar de la sociedad. Con frecuencia puede observarse que unos grupos mejoran mientras otros empeoran y todos deben poder expresar libremente sus opiniones al respecto.

Dicho esto, vemos la importancia de que existan estadísticas, analistas, organizaciones independientes de investigación y las libertades y garantías suficientes para observar y determinar las políticas de un gobierno o sistema de gobierno, las decisiones de las empresas y otros organismos no gubernamentales, la evolución de la sociedad en su conjunto y de sus diversos grupos y los impactos de todos los factores externos e internos de importancia que pueden afectar el bienestar de los miembros de una nación. En este punto debo señalar cómo en Cuba, desde el comienzo de la revolución, se suprimió no sólo la publicación regular de estadísticas como las cuentas nacionales, que son precisamente las que dicen algo sobre los niveles reales de consumo, sino la producción misma de esas estadísticas en el propio gobierno. Es importante saber que al mismo tiempo, en los planes de estudio de economía no se incluyeron los elementos analíticos y metodológicos para capacitar a los economistas cubanos en el uso de los instrumentos necesarios para medir las tendencias más elementales de la economía nacional e internacional. Yo fui testigo de todos estos fenómenos como funcionario de la Junta Central de Planificación y desde mi salida de Cuba nunca tuve evidencia que esta situación haya mejorado. Esta insuficiencia nacional se suma a la carencia de libertades para hablar de estos temas. En la medida en que los economistas cubanos están incapacitados para orientar al ciudadano común sobre la situación de la economía, el país se queda a ciegas sobre sus destinos y, lo que es peor, sobre si debe o no tener un destino sobre el cual todos tendrían el derecho de opinar y decidir. No es que el país sea ignorante sobre cuestiones vitales de carácter nacional, es que ni siquiera sabe lo que ignora y debiera saber; un ejemplo de gran magnitud de lo que yo llamo ignorancia cuadrática.

En resumen, para decir si un país va mal o va bien hay que usar varios criterios, pues puede irle bien en unos y mal en otros. Los índices de consumo es uno de esos criterios, los de salud representan otro criterio, etc. Sabemos que un país puede aumentar su consumo de carne, por ejemplo, y al mismo tiempo empeorar su cuadro epidemiológico en cuanto a enfermedades cardiovasculares causadas precisamente por el consumo excesivo de carne y otros productos similares. En general, las cuentas nacionales dan medidas o criterios importantes que no pueden ser ignorados, especialmente la evolución del Producto Interno Bruto de un país que mide la creación de riqueza en un período dado. Yo diría que las mismas son las más importantes, pero son altamente insuficientes y tienen que ser complementadas con muchos otros indicadores de la calidad de la vida humana y de las condiciones y evolución del medio ambiente.

SEGUNDA PREGUNTA.

Muchos lectores cubanos, formados en un marxismo de muy poca categoría, seguramente quisieran conocer más acerca del discutido "Teorema de Lange".
¿En qué consiste? Si el socialismo no tiene oportunidad como negación del capitalismo, ¿podría tenerla como perfeccionamiento de las fallas del mismo?

RESPUESTA.

Esto se refiere a lo que algunos autores prefieren llamar el mecanismo de Lange y Lerner, propuesto por los economistas Oskar Lange de Polonia y Abba Lerner de Rumania ambos socialistas en busca de principios que se aplicaran al manejo eficiente de las economías planificadas en un contexto marxista. Como se sabe, Marx dirigió sus estudios y escritos hacia una crítica del capitalismo, pero nunca definió cómo debía operar una economía de planificación socialista. Tampoco era de esperar que supiera cómo hacerlo pues siendo un académico que pasó casi toda su vida entre libros y hasta ese entonces no existía nada que él pudiera estudiar como una economía planificada, no tenía la experiencia práctica que le permitiera prever las complejidades inherentes de un sistema económico que debía reemplazar a uno conocido por su alta complejidad. Esto nos invita a reflexionar sobre una gran carencia de pensamiento estratégico y práctico. ¿Cómo podía concebirse la destrucción de un sistema económico sin tener un plano del reemplazo a mano? Era obvio que los que no se preocuparon por este problema tenían en su escala de prioridades lo político, o sea, la toma del poder y no lo económico en mente. Fue Lenin el que tuvo que enfrentarse a la definición del concepto y su implantación. Así y todo, llevó varios años definir las funciones de una agencia planificadora, que en el caso soviético se denominó GOSPLAN y no fue hasta 1928, ya bajo el gobierno de Stalin, que se consiguió formular el primer plan quinquenal de la economía. Desde su comienzo, la planificación económica estaba dominada por políticos e ideólogos, nunca por economistas, pero estos últimos se daban cuenta de que la planificación carecía de los instrumentos de medida y logro de eficiencia económica que el capitalismo tenía por medio de los mecanismos de mercado. Incluso los intentos de reemplazar el mercado con otros dispositivos como los balances materiales eran increiblemente burdos y no resolvían el problema de cómo lograr una alta eficiencia productiva. El problema se complicaba cuando los ideólogos impedían el uso de lo que ellos llamaban categorías burguesas como eran los precios, la oferta y la demanda y las tasas de interés, por mencionar sólo unas pocas. Algunos esfuerzos se hicieron para introducir un elemento de racionalidad económica en las decisiones que integraban los planes económicos, entre ellos el uso de los cuadros de insumo-producto y la aplicación de técnicas de álgebra y programación lineal en un intento de optimizar los procesos de asignación de recursos. El matemático Kantorovich primero y el economista Leontief después, ambos rusos y trabajando por separado fueron pioneros en este aspecto.

Lange y Lerner también trabajaron por separado en busca de criterios de eficiencia económica. Su método consistía en dejar que los administradores de empresas (todas estatales) pudieran contratar libremente el factor trabajo y los demás factores y medios de producción (capital, materia prima, etc.) a precios calculados por una agencia central o dados por mercados libres en materia de bienes de consumo y que esos mismos administradores maximizaran las ganancias de las empresas a su cargo. O sea, los administradores tenían que seleccionar la combinación de factores productivos que minimizara los costos de producción y como la determinación de precios ya estaba dada, la economía funcionaría de manera óptima. Esto requería la creación de una gigantesca burocracia que calculara los precios de las decenas de miles de productos que entran en los diversos procesos productivos posibles, además de poder cambiar los precios continuamente como resultado del desarrollo técnico y de otras tendencias no sólo de la economía nacional sino también de la internacional. Aunque el mecanismo Lange-Lerner era matemáticamente factible, en la práctica no lo era y siempre cabía la pregunta ¿para qué sustituir el mercado con tan aparatoso método? Aún cuando fuera factible, depender del mercado para calcular los precios era mucho más práctico y eficiente. Además, como el propio Lange reconoció, el problema de la asignación óptima de recursos era secundario y que el problema de la verdadera racionalidad en las decisiones económicas radicaba en la existencia de incentivos para el crecimiento y el progreso tecnológico.

Lo interesante del principio de Lange-Lerner es que equipara el funcionamiento perfecto del mercado al de una economía socialista pura, donde la única diferencia entre ambas radica en la forma de propiedad de los medios de producción. Esto significa que una economía de mercado, en oposición a una economía de capitalismo monopolístico, se parece mucho a una economía socialista en sus objetivos. Pero si el sistema que proponían era tan eficiente, a pesar de sus limitaciones prácticas, cabe preguntar ¿por qué nunca se intentó aplicar en los países socialistas? La respuesta varía según el país. En la Unión Soviética en la época de Stalin, por ejemplo, la aplicación de la matemática a la planificación se consideró una forma de revisionismo intolerable. No hay que olvidar que el propio Stalin prohibió el uso de la palabra cibernética en la Unión Soviética, impidiendo, sin saber lo que hacía, el desarrollo de la industria de comunicaciones avanzadas y computadores, lo cual era indispensable para manejar los algoritmos complejos que se necesitaban para intentar cualquier aplicación, por sencilla que fuera, de los principios de Lange-Lerner o de los modelos de Kantorovich o Leontief. En Hungría, por otro lado, y después de la rebelión de 1956, hubo más flexibilidad y los ejercicios de mercado y de aplicación de modelos matemáticos gozaron de mayor tolerancia, al igual que en Polonia y, posteriormente, en Alemania del Este. En Cuba hubo una gran resistencia al principio de los años sesenta pero fue vencida en la medida en que el stalinismo fue dejado. Pero, en mi opinión, las acusaciones de aplicaciones burguesas y de revisionismo no eran el verdadero motivo para oponerse a la aplicación de los nuevos métodos. Yo creo que la verdadera razón en la era de Stalin era que se sospechaba que el sistema de Lange-Lerner tenía que dar libertades económicas que podrían ser utilizadas con otros fines. El político es eminentemente un animal desconfiado, especialmente si llega al poder por artimañas y métodos inconfesables. En el caso cubano, el tema nunca pasó a ser abordado seriamente pues aparte de la polémica que hubo entre los proponentes del centralismo presupuestario de corte stalinista (Ernesto "Ché" Guevara era su principal defensor) y los de la autogestión (con Carlos Rafael Rodríguez a la cabeza) entre los años 1963 y 1964 la planificación nunca fue tomada en serio por la máxima dirigencia, ni contaba entre sus líderes economistas lo suficientemente bien formados como para argumentar a favor de modelos de planificación orientados hacia la búsqueda de la eficiencia económica. Después de todo la eficiencia económica no parece haber sido un tema importante en la política revolucionaria. La lección que debemos derivar de todo esto es que la libertad económica o la libertad de gestión administrativa, tanto a nivel de empresa individual aunque sea ésta a nivel de organismo gubernamental, no es un ideal utópico que debe perseguirse dogmáticamente. Tales libertades son necesarias desde un punto de vista eminentemente práctico pues están estrechamente ligadas a la capacidad y al derecho del ser humano de alcanzar un nivel de vida decoroso.

Con respecto a la cuestión de si el socialismo puede compensar por las fallas del capitalismo, yo diría lo siguiente. En primer lugar, todo sistema de organización social depende de seres humanos, ya sea socialismo o capitalismo. El socialismo, en la tradición marxista-leninista tiene el gran defecto de que concentra los poderes políticos y económicos en una pocas manos. De esta manera se rompe la ilusión de que la nacionalización o socialización de la propiedad privada es superior a la propiedad colectiva, porque el estado puede velar por el interés de todos, etc. La experiencia enseña que esa concentración de poder representa, de hecho, una forma de privatización no declarada, pues los individuos que usufructan de ese poder lo han de usar a su antojo y se repite aquel apotegma de que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente". No hay nada en el capitalismo, y esto hay que afirmarlo categóricamente, no hay nada que impida perseguir y alcanzar los objetivos finales del socialismo en materia de mayor equidad y mayor prosperidad y bienestar para todos. Pero, ¿qué hay que hacer para lograrlo? Primero no confundir capitalismo de monopolio y de privilegios con capitalismo competitivo de amplia participación. Hay que saber distinguir entre las sociedades que se organizan de diversas formas y los factores que llevan a las sociedades por diversos caminos. La naturaleza humana incluye la avaricia, la tendencia de acumular riquezas y poder y eso no lo resuelve una ideología o una religión por bien intencionada que sean. Por lo tanto, las formas de organización económica y social deben promover la amplia participación de todos, tanto en la economía como en la política y otras formas de vida de la sociedad. Eso no quiere decir que no se formen grupos y que ciertos grupos tiendan en algún momento a ejercer alguna hegemonía sobre el resto de la sociedad. Para eso tiene que existir un marco constitucional y legal, junto con las organizaciones, los individuos y las costumbres y valores ciudadanos que mantienen un grado de equilibrio en la sociedad. El problema se complica porque en un momento dado existen desigualdades entre los miembros de una sociedad, muchas veces como resultado de desigualdades anteriores. Tales desigualdades tienen muchas formas pero, posiblemente, la más importante de ellas es la educativa. Cuando unos tienen mucha educación y otros tienen muy poca, los primeros van a aprovechar las oportunidades existentes con más eficacia y rapidez. Puede que los segundos ni siquiera perciban o identifiquen las oportunidades porque su educación es insuficiente para ello. En estas condiciones, el capitalismo operando en un contexto de libertades civiles puede perfectamente asignar recursos a la educación de los menos aventajados e ir de este modo reduciendo las desigualdades existentes. Sin embargo, el problema no es fácil cuando el país está dominado por grandes mayorías pobres y pocos individuos capaces. En tal caso, lo peor que se puede hacer es estrangular la poca riqueza para transferirla artificialmente a los pobres. Lo que se logra con esos métodos es incrementar la pobreza incluso de los pobres. Por eso la economía y la eficiencia económica y la capacidad de crecimiento son importantes para reducir la pobreza y las desigualdades, pero no hay milagros económicos. Tales procesos llevan mucho tiempo, pero si se adoptan las políticas adecuadas, los resultados se pueden comenzar a notar pronto, aunque el mejoramiento sea gradual.

TERCERA PREGUNTA.

Quisiera que reflexionara un poco acerca de esa institución extraordinaria
que se conoce en Cuba como las "Reservas del Comandante en Jefe".
¿Qué implica esto en términos económicos? ¿Se asemeja acaso esto, en el contexto cubano, a lo que en EE.UU. se llama "Reserva Federal"?

RESPUESTA.

La historia de las "reservas del Comandante," como se conocían por unos pocos altos funcionarios del gobierno cubano por muchos años, parece comenzar con la famosa, pero, casi olvidada "chequera de Fidel" de los principios de la revolución. Muchos recordarán que desde su comienzo como jefe de gobierno, Fidel Castro tenía un acceso casi ilimitado a los fondos públicos, sin controles presupuestarios ni contables y andaba por todo el país escribiendo cheques "sobre el guardafangos de su jeep" para toda suerte de proyectos propuestos por iniciativas locales. Aquéllo que se convirtió desde el primer día en una pesadilla para las autoridades fiscales del país, cuando todavía había quien creía en la honestidad y buenas intenciones de Fidel Castro, fue evolucionando hasta lo que llegó a ser el sistema de reservas financieras y en especie manejadas directamente por el Comandante en Jefe. Las reservas son varias según los relatos de una persona que se escapó de Cuba y que tuvo conocimiento directo de ellas. Una de las reservas es en moneda convertible y según las transacciones que se han hecho con ellas debe tener un orden de magnitud en los cientos de millones. El Banco Financiero Internacional, con sucursales en varios países, fue creado en Cuba para satisfacer las necesidades de administración y transacciones bancarias de estas reservas. Con cargo a estas reservas, Fidel Castro le dá préstamos al gobierno cubano cuando este último no encuentra créditos a corto plazo para enfrentar alguna emergencia, como una importación de alimentos críticos que hay que pagar contra entrega. Fidel Castro, se informa, le carga al gobierno un diez por ciento alzado, o sea, no anualizado, que puede ser por sólo un período de tres meses, lo que significa que la tasa real de interés puede ser hasta de cuarenta por ciento sobre una base anual. Estas reservas se han ido nutriendo de transacciones que no se registran oficialmente, como son ventas de empresas cubanas a inversionistas extranjeros o ventas de derechos a operadores. Un caso famoso fue el de la venta de Cuba a la Pernod Ricard de Francia de los derechos de venta mundial del antiguo Ron Arechabala y, posiblemente, de otros. Se informó que la transacción pudo haber alcanzado una cifra entre los 30 y los 50 millones de dólares. Hay razones para pensar que el tráfico de drogas y el lavado de dinero pueden haber sido también fuentes de ingresos importantes. Es de suponer que de estas reservas han salido los fondos para fomentar movimientos guerrilleros y actividades terroristas alrededor del mundo. Otras reservas manejadas directamente por Fidel Castro son de vehículos, de alimentos, de combustible y de otra índole. La existencia de estas reservas denota la incapacidad y la desconfianza que caracterizaron a Fidel Castro sobre el desarrollo de un sistema administrativo eficiente, factores que contribuyeron a que Cuba nunca llegase a tener un sistema de planificación que al menos hubiese alcanzado la mediocridad característica de los de otros países socialistas.

La Reserva Federal de Estados Unidos no tiene parecido alguno con estas reservas. Este otro sistema es equivalente a lo que fue el Banco Nacional de Cuba antes de la revolución, o sea, una entidad reguladora de la política monetaria del país que es de gran importancia en la economía y que en otros países se denomina Banca Central. Los objetivos principales de la Reserva Federal radican en el control de la oferta monetaria o del circulante y los depósitos bancarios, el manejo de las tasas de interés, el control de cambios y el crédito bancario e interbancario. Uno de los objetivos finales de esta organización es mantener más o menos constante el valor de la moneda, o sea, que no haya inflación o deflación. Si el valor de la moneda de un país no se mantuviera constante, la incertidumbre resultante disminuiría la confianza con que se puede ahorrar e invertir y se reducirían significativamente las posibilidades de desarrollo de la sociedad.

23 de febrero de 2001